El ocaso del chavismo: El legado infinito que se acabó

Pudiera hacer como el fénix. Pero tendría el petróleo

que volver a alcanzar los 100$ / BDP.

Incauto el que piense que la “revolución” se ha mantenido 16 años en el poder a punta de ganarle el pulso a la suerte. Aún hoy, como sangrando entre los breves hilos de gente que pisa la avenida Bolívar, retumba el pálpito de un país con el pecho desbocado por un épico Hugo Chávez.

Pero el remanente del “legado infinito” es groseramente melancólico. Ojos desorbitados en una larga avenida que les queda demasiado grande. El alcohol fanatiza a la muchedumbre hambrienta, polvorienta y cansada de bregar con una extrema politización de su cotidianidad.

Las palabras del heredero, presidente Nicolás Maduro, apenas logran sostenerse, endebles, en la brisa fría decembrina; no encuentran asidero en la audiencia.

Es el desenlace de una penosa (y más penoso aún, inadvertida por la opinión pública en la magnitud que ha debido ser) campaña electoral que seguramente rompió el récord en violación a las leyes electorales. La guinda de la torta: tres niños entregan panfletos de propaganda mientras la que se supone podría ser su madre se recarga un trago de ron en el culo de una botella de plástico que improvisó para tal fin.

Otro fue el tiempo en el que un Chávez regañó (y se regañó) por los tropiezos y reveses del socialismo que cegó al país, en su último mitin político, a meses de su muerte, en esta misma avenida.

El país se regodea en el muladar de su insostenibilidad, azotado por una crisis alimentaria, pública, política, económica y de seguridad que se fue gestando a medida en que Chávez, con su inmarcesible y seductora retórica, se le enraizaba al venezolano de verdad, el de a pie, el común denominador, tan adentro como podía concebirse.

Mientras tanto, el chavista encontró sin percatarse el consuelo de su desgracia: el recordar el tiempo pasado como mejor.

Tiene un dilema moral, que pone a prueba su altísimo código de lealtad hacia el “Comandante Eterno” (hoy convertido en una figurilla seudoreligiosa que día a día pierde su influencia) apostarle a un cambio o a la profundización de la política que lo trajo hasta el hoy y el aquí; una soledad profunda rodeada de miles que, como él mismo, no sabe a dónde mirar para encontrar a su líder eterno y efímero.

Avenida Bolívar, 3 de diciembre de 2015.

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