El asesinato de un ángel en la ciudad Rebelde la convirtió en la ciudad de la Furia

El ímpetu libertario, reaccionario, rebelde y terco no cesa a ninguna hora. Una sincronización implícita hace que la calle siempre esté sometida bajo el estrés de la corneta, el cacerolazo, el grito o el crepitar intimidante de la basura quemándose en alguna calle del Barrio Obrero, en San Cristóbal, estado Táchira, o en cualquier otra de sus zonas urbanas.

Es un sitio tan inverosímil, que puede hospedar en una calle una protesta tan pacífica como una nube y dos calles más abajo el dantesco espectáculo de la violencia desmedida.

Una anciana en bata toma la acera frente a motorizados de la Guardia Nacional, bate con fuerza un cucharón contra el culo de una olla de hierro y los observa pasar, indignada, mientras el rugir de sus motos hiere el luto de la noche sancristobalense.

Dos calles más abajo una multitud emprendió una vigilia en homenaje al vilmente asesinado Kluiverth Roa, en el mismo lugar donde fue ultimado.

Estudiante de bachillerato, con aún el sonrojo pueril encendido en las mejillas, henchido de entusiasmo altruista practicaba los primeros auxilios con los Boy Scouts y qué mejor oportunidad que una protesta violenta donde abundan los heridos, para prestarle apoyo sanitario y humanitario a su comunidad.

Un funcionario, de apenas 23 años, le voló los sesos a quemarropa y quien socorrió al Ángel utilizó la pañoleta de los Boy Scouts para intentar detener la hemorragia.

Algo más de 24 horas después, cuando son un cuarto para las once de la noche, hasta el ruido de los automóviles expide un pudor fúnebre, invadido con la iracundia de detonaciones; algunas son pirotecnia, que es el arma más letal de un manifestante. Otras detonaciones bien podrían ser armas de fuego, empuñadas inescrupulosamente por los que fueron “formados” (!) para proteger a quienes hoy masacran.

Que si fuera a un manifestante, vaya atrocidad. Imagínese cuando el masacrado es un inocente joven que le encaró la peor hora en su mejor momento de vida.

La ciudad Rebelde hoy se hunde en la furia. Mientras la capital del país duerme indiferente, temerosa, cobarde y, por axioma, cómplice.

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