Todos los relatos están basados en hechos reales. Escritos entre el 31 de octubre y el 18 de noviembre de 2017.

El infierno

Café tibio en mano y con la mirada perdida hacia la telaraña llena de luciérnagas del barrio José félix Ribas que veía desde su ventana, Aranza esperaba el campaneo de alguna oferta impelable para comprar su pasaje de avión a Guayaquil.

La sacó de su ensimismamiento el trote carrasposo de la tos de su madre, con la que dormía en la misma habitación del piso 16 del edificio Apure en Palo Verde.

Volvió la mirada a la pantalla de la laptop y saltó un alerta. Compró el pasaje a mitad de precio y, al terminar de hacerlo, volteó a ver a su vieja y le puso una mano en la mejilla. La sintió hirviendo.

Eran las 5 de la mañana.

Se le empezaron a suicidar lágrimas al borde de los ojos y le dijo, sabiendo que no la escuchaba porque estaba dormida: “Ya vas a ver viejita, desde allá te voy a mandar toda la plata que necesites para curarte y después llevarte conmigo”.

Aranza tenía vuelo para el sábado siguiente. Ocho días desde la mañana en la que sintió que una mano huesuda de náufrago la ahorcaba y lo que quedaba de la voz de su mamá, extinguida por un agresivo cáncer de pulmón, se desesperaba por pedirle auxilio.

Mientras Aranza la arrastraba con ella 16 pisos abajo, su mamá iba vomitando una sustancia viscosa hasta que, llegadas a planta baja, ya salían apenas hilos negros de saliva.

Vio pasar los ocho días en el umbral tétrico de una habitación colectiva en el Hospital Algodonal que otrora era la meca para tratar enfermedades respiratorias. Vio a su madre encogerse como si estuviera huyendo hacia adentro de sí misma.

⁃ Lo lamento niña – le decía un pintoresco oncólogo de gruesas arrugas, lentes de lupa y dos matas de pelo gris encima de las orejas – lo siento de verdad. Según su historial, nunca completó el tratamiento. De 12 fármacos siempre faltaban al menos seis, entre ellos el fundamental que es el carboplatino – Aranza asentía sin escucharlo.

Estaba recordándose pasando cadenas de #ServicioPublico por whatsapp, soportando colas de ocho horas en las Farmacias de Bajo Costo del seguro social que ni eran de bajo costo ni una garantía de salud pública. Se veía vendiendo el traspaso del local de su peluquería diagonal a la Plaza de La India de La Vega a precio irrisorio para costear 18 ampollas de Metronidazol que le había conseguido una bachaquera, hacer mercado, pagar una deuda y completar para el pasaje aéreo a Guayaquil.

⁃ Lo siento en el alma niña pero hay metástasis – Sentenció abrumado el médico.

Aranza salió de su hipnosis. Volvió a la sombra derruida de la segunda planta del Hospital y viendo a su madre comprendió que estaba en el infierno.

Un día después de haber perdido su vuelo, a Aranza le entregaron un cadáver óseo en el que le costó reconocer a su vieja.

Caminó hasta que no pudo más los largos y fantasmagóricos pasillos de El Algodonal llevada por una fuerza ajena a sí misma. Era de madrugada.

Cuando llegó a su habitación y vio en el espejo a alguien que se parecía mucho a quien fuera su madre hace muchos años no lloró. Se sumió en un vergonzoso sentimiento; no se sentía sola, se sentía liberada.

Sin haber sido con conciencia, Aranza replicó su habitación de Palo Verde con la que rentó en la Avenida Alianzas con Jiguas, en Guayaquil.

El mismo espejo frente a la cama con pegatinas de piolín, la misma mesa de noche del largo del colchón y encima su guarnición de cosméticos, un sillón hondo a los pies de la cama y una foto de ella con su madre colgada al lado de la puerta.

Habían pasado dos semanas desde que había llegado, vía terrestre, a Guayaquil, cuando cayó en sí y se dio cuenta de que había dejado atrás el infierno.

Llegó de buscar sin haber encontrado trabajo, entró en su habitación y cuando vio en el espejo a alguien que se parecía mucho a quien fuera su madre hace muchos años no lloró. Se sumió en un vergonzoso sentimiento; no se sintió liberada, se sintió sola.

Lo que se está quedando

Uno parte de un destino a otro y desarrolla el hábito de sentir que se le está quedando algo aun cuando no sea así.

O sí.

Son largas rutas que ya no se calculan en distancias sino en tiempos: ocho horas a Guayaquil, cuatro a Huaquillas, veinte a Lima, seis a Chiclayo.

Pero son 14 de Caracas a Cúcuta y 30 a Popayán. Horas en las que vas marcando puntos de referencia: Bs. 40.000 un almuerzo en San Antonio del Táchira, 8.000 pesos en Cúcuta, 10.000 en Honda Tolima, 8 soles en Piura, Perú.

Antes de abordar el bus en una Caracas lluviosa y alebrestada por el intenso tráfico y de espaldas para cubrirse de la salpicadura de los charcos cuando los autos pasan, Pierina se encaletó en el mismo sostén que tendrá puesto en los próximos seis días, $30.

Como una nervadura afanosa el grupo de migrantes de las 5 pm atravesó la calle Naciones Unidas, bombardeados por cornetazos, para abordar el bus. Entre ellos Pierina, con un morral lleno de atunes en lata en un brazo, en el otro una funda de almohada con algunas ropas y en el pecho todo su capital para comenzar una nueva vida en Guayaquil.

Hipnotizada, viendo por el ventanal, Pierina sentía que se iba deshojando lentamente.

Pero a través de la misma ventana vio pasar tres días de platanales, estaciones de servicio, caseríos tímidos y atardeceres alucinantes sin que dejara, sin embargo, de sentirse intacta.

No así en Honda Tolima, Colombia.

El grupo de 40 migrantes se bajó del bus para poder bañarse y comer.

La estación de servicio de Honda Tolima yacía enclavada entre dos sierras verdes y bajo un cielo desteñido.

Empezó una carrera en la que con un ojo debía cuidar la maleta de mano, con el otro la lata de atún que había bajado para abrirla en el restorán, con una mano se desvestía y con la otra abría el grifo, luego de desvestirse con esa mano se enjabonaba y con la otra se lavaba los dientes para cumplir los tres minutos que le tocaban para el aseo.

Con el sudor del trajín secándosele a la brisa fría de Honda Tolima subió a toda carrera al bus con la lata de atún sin abrir: no había dado tiempo.

El bus volvió a arrancar y Pierina notó que el migrante de al lado comía pan.

⁃ Epa, ayúdame a abrir la lata, se la echamos a tu pan y comemos los dos – le dijo.

El sujeto asintió.

Pierina, mientras esperaba a que abrieran la lata de atún, volvió a hipnotizarse a través de la ventana. Aun se sentía intacta y para percatarse se palpó el pecho.

-¡El coño de la madre! Grito extrayéndose a sí misma de la hipnosis.

Había perdido en el baño los $30.

Tulso

Tulso fue el primero en bajarse cuando el bus se incorporó a la fila de dos kilómetros antes de llegar al peaje de Villa Rica que conduce a Santander de Quilichaca.

Era una gruesa autopista que se extendía infinito, partiendo en dos la parsimoniosa pradera colombiana con sus vacas constantemente tentando a la muerte en el hombrillo.

Si una personificación calza perfectamente en el reflejo humano de la transculturización, ese era Tulso:

Un indígena de madera enmarcado en una cuadratura portentosa. Nariz prominente entre dos pómulos óseos y una blanca sonrisa eternamente reluciendo. Cabellos negros y ondulados. Pero vestido de Nike de pies a cabeza, de la última temporada, su cuerpo impecablemente forrado de telas atléticas aunque nunca se le vio sudar.

⁃ Ah sí, siempre por estos meses trancan la carretera para exigirle al gobierno – exclamó risueño, como recordando cualquier trivialidad doméstica.

Los cuarenta y dos inmigrantes descendieron del bus, ofrecidos al mal presagio pero sin entender aún la gravedad de la revelación de Tulso.

Cada una de los seis anocheceres que estuvieron varados, Tulso tomaba su morral marrón y caminaba hacia la encrucijada dirección al caserío y no se le veía más hasta la mañana siguiente.

De todas formas, absorbidos por el mortificante trajín de las circunstancias, al principio no cabía preguntarse por él.

⁃ A mí nunca me había pasado esto, así que no me puedo quejar – dijo Tulso la primera mañana, raspando la jota contra su garganta, con una voz meliflua y alegre, mientras entregaba mandarinas (al volver del caserío) al grupo de estresados venezolanos.

Durante todo el segundo día el grupo fue desmigajándose a lo largo de la tranca. Habían los que enfurecidos querían pasar por encima de la alcabala policial, otros que indagaban entre los gandoleros cuál ruta alterna tomar, otros que sucumbieron a la frustración y se echaron, al lado de las vacas, a ver pasar la vida.

Pero Tulso, sonriente, inmune a la presión de otro grupo que le exigía una solución, solo asentía:

⁃ Usted es el dueño del autobús, ¡Busque una solución! Le dijo una cuarentona de carnes colgantes y mirada inquieta.

⁃ No podemos seguir aquí, tiene que alojarnos en un hotel o algo así – le increpó un hombre en franelilla y colgado a un bastón.

Tulso asentía, sonriente.

⁃ Tiene que haber otra vía. ¡Coño diga algo! ¿Usted no conoce otra vía? – le gritó un joven obeso y barbudo.

⁃ La verdad no. Siempre he podido cruzar por aquí – Tulso señaló la carretera.

No mentía, había abordado su bus, en lugar de cruzar Colombia en avión, sin siquiera tener asiento por creer que en dos días ya llegaría a Rumichaca. Iban tres días y estaban estancados a medio camino.

A la mañana siguiente, apenas volvía del caserío, silbando y comiendo un mango, lo encararon cuatro migrantes.

⁃ Mira mamaguevo – le amenazó un flaco, calvo, moreno y de ojos afilados – si tú no nos das una solución ya, te quemamos esa mierda – señaló el bus – y te vamos a linchar.

Tulso, sin inmutarse, sin cerrar la mueca de su sonrisa, lo miró sin desafío y le dijo:

⁃ Mire, por mí incendie ese autobús, total está asegurado. Le repito, no se qué hacer porque esto nunca me había pasado. Y si me mata no me puedo quejar. Total, así paso a mejor vida.

Los cuatro desesperados quedaron desarmados ante la actitud de Tulso, que siguió su camino.

Los vio durante todo el día recogiendo leña para cocinar en el monte, ir a bañarse detrás de unos matorrales. Los escuchó maldiciendo a la vida e interrogando a los policías que no podían más que dar respuestas ambiguas para no sembrar esperanza en una situación incierta para todo el mundo.

El grupo se acomodó a duras penas entre las butacas reclinables del bus, que fueron volviéndose habitáculos para dormir, comer, leer o ver aumentar monstruosamente la frustración a través de los ventanales que alguna vez se instalaron para ver cambiar el entorno y no para que fuera el mismo día tras día. En fin, el transporte cobró espontáneamente un dinamismo vivo de vecindad.

Se le barría dos veces al día, en los pasamanos se colgaban las toallas húmedas y el angosto pasillo era más transitado que la misma carretera panamericana. El movimiento era incesante: mientras uno se subía a dormir, otro se bajaba a fumar, otro se subía a buscar una lata de atún y otro se bajaba a estirar las piernas y en el pasillo se encontraba con uno que subía a buscar el celular y otro bajaba a quejarse con Tulso mientras otro más se subía para satisfacer la necesidad de volverse a bajar.

Así llegó otro día y Tulso, parsimonioso y risueño, llegó al bus con el habitual saco de mandarinas.

Ya era uno más echado a la suerte. Ya no lo increpaban para pedirle solución y, sin embargo, cuando vio reunido a una gran parte del grupo alrededor del bus, dijo:

⁃ Bueno, tocará volver a Venezuela hasta que abran la vía.

La gente, perfectamente sincronizada, volteó y le clavó una mirada reprobatoria.

Acto seguido empezó un bullicio que tornó en griterío y pasó a un bombardeo de insultos y reclamos que Tulso extinguió diciendo:

⁃ Miren, a mí esto nunca me había pasado. Así que no me puedo quejar.

Abandonó el grupo pasándole por el medio, inmune a los reclamos que volvieron a empezar.

El día siguiente ya Tulso no era uno más echado a la suerte, sino que se había incorporado a las labores del grupo: iba a pedir agua a la estación de servicio, organizaba a los niños que recibirían refrigerios donados y hasta escoltaba al grupo de mujeres que iba a bañarse a los matorrales para que los curiosos no las espiaran desnudas.

Dos policías en moto, con el pulso acelerado y el rostro afanoso, llegaron de repente a la vía.

El parrillero se elevó sobre los posapies y dio una noticia:

⁃ Señores atención, los indígenas abrieron una vía por Putumayo sólo por hoy. Si salen ya, pueden estar al atardecer en la frontera por el río San Miguel.

Automáticamente, el grupo del bus de Tulso y todos los demás grupos (que ya sumaban unos 2 mil varados) echaron a correr a los transportes, dejando tras de sí todo a medio hacer: los baños, la comida a la leña, las conversaciones con los gandoleros.

Tulso no se subió. Se quedó en la puerta del bus junto al chofer que, visiblemente nervioso, le dijo:

⁃ ¿Qué hacemos? Yo no conozco bien esa vía pero me han dicho que hay guerrilla y las trochas son bien jodidas.

Y Tulso le respondió:

⁃ Bueno, qué vamos a hacer. Esto a mí nunca me había pasado así que para qué me voy a quejar.

Yo vengo de Caracas

Yo vengo de Caracas, sobreviví una balacera en la Vega, una toma armada del 23 de Enero, dos oleadas de intensas protestas que duraron meses que, entre las dos (2014 una y la otra 2017), hubo más de 200 muertos.

Soy fotoperiodista y veo de lejos, en el umbral del terminal de buses de Sullana, al norte de Perú, cómo discreta pero determinantemente van acercándose a mi maleta de mano, colocada sola en el medio de la amplia sala de espera, algunos advenedizos que no saben (pero sospechan) que ahí dentro hay algo de valor.

Sí, lo hay: $4.000 en equipos fotográficos y $1.000 en efectivo.

Veo la escena a unos 5 metros mientras me fumo un cigarrillo, minutos antes de que mi bus parta hacia Tumbes.

Calculo, a suerte de la experiencia, cuánto le tomará a uno de esos advenedizos tomar la maleta y correr hacia la puerta trasera, al otro lado de la sala, y cuánto me tomará a mí alcanzarlo.

Mi cigarrillo trémulo entre los labios, mi smartphone (de unos $400) entre mis manos mientras tecleo estas palabras.

Cualquiera de esos advenedizos, por ejemplo ese señor de unos 40, con camisa azul claro, pantalones de gabardina marrón y zapatos de suela, es considerablemente más bajo que yo, que de por sí no soy alto.

Audífonos en las orejas: “On a long and lonesome highway…” canta James Hetfield.

“You just wish the trip was through…”, continúa la metralla de la batería.

Ese advenedizo se acerca más que los demás que han ido y venido, con prudencia, oteando el maletín negro con las letras “Canon” plateadas reluciendo por los rayos sepia de la atmósfera peruana.

“40 segundos él, 50 yo”. Pienso mientras los hilos grises y atigrados del cigarrillo bailan frente a mis ojos.

El advenedizo se sienta al lado de la maleta.

“Yo sobreviví una semana en Tumeremo rodeado de espías de El Topo y una persecución a perdigonazos de la Policía Nacional en la Avenida Libertador. A mí me disparó un guardia nacional a 3 metros directo al rostro en La California Sur”, pienso.

El advenedizo mira la maleta. Levanta la mirada hacia la puerta donde estoy colgado a una columna.

“And you feel the eyes upon you, as you’re shakin’ off the cold…” desgarra Hetfield.

Su mirada se encuentra con la mía, anuda sus dedos y sostiene sus ojos sobre el desafío de los míos.

A ambos nos saca del artilugio un campaneo. Mi autobús anuncia su partida con una puntualidad que no veía venir.

Lo que no se piensa

Hay cosas que si uno deja de pensarlas, se piensan solas.

Entonces al cabo de un tiempo cuando se les tropieza, digamos, en la caminería de la avenida José Pardo al atardecer, justo en la mitad, donde de lado a lado se unen al infinito las farolas blancas pintadas sobre ramas altas, uno las encuentra ya pensadas.

Así le ocurrió a Raúl, siendo embarcado por la fama friolenta de Lima en noviembre, sacándose la bufanda y encendiendo un cigarrillo de clavo de olor, mientras creía ver venir a Daniela cruzar desde la calle Atahualpa.

Miraflores se encendió en bengalas y en la atmósfera embriagadora del repechaje Perú versus Nueva Zelanda, la presunta Daniela se perdió entre la multitud que marchaba hacia el parque Kennedy.

Raúl hizo el intento de seguirla pero cuando se encontró frente a la gigantesca pantalla que ofrecía la previa del encuentro futbolístico desistió de la búsqueda.

Dejó de nuevo de pensarla.

Haber paseado su recuerdo desde Caracas hasta Lima, vía terrestre, mostrándole metro a metro los 4.450 kilómetros no lo habían desteñido y entonces, Raúl, encontró pensado que nada lo desteñiría.

Volver no era una opción; había quemado sus naves tiempo atrás al venderlo todo antes de partir.

Raúl se volvió para caminar hacia la avenida Arequipa, tomar el bus del corredor azul y emprender su camino a casa cuando la vio de pronto frente a él, a la presunta Daniela.

“Como cuando vi por primera vez a Dani”, pensó Raúl y recordó: Bastó embargarla con su mirada para que se congelara el bullicio del eje del buen vivir en Bellas Artes y se callaran las paraulatas, Alí y su desgarrada trova, el corneteo demencial caraqueño y hasta dejó de sentir los latidos de su corazón. Bastó un “hola” y fueron inseparables hasta el día en que se despidieron en la avenida Fuerzas Armadas antes de que Raúl tomara el bus. No hubo promesas de reencuentro, no hubo más que un “veremos” que se fue pensando solo durante la dura travesía para que Raúl se lo encontrara resuelto en la Plaza de Armas: vio el último whatsapp y no lo respondió.

Habían pasado dos semanas en las que la añoranza se le enraizó en el pecho como un malévolo animal insaciable que lo estuvo consumiendo vivo hasta que la presunta Daniela, solo que con los ojos un poco más ahindiados* y los labios más gruesos y oscuros, se lo tropezó de frente bajo los enloquecidos reflejos de las marquesinas en el parque Kennedy.

“Hola”, le dijo Raúl a la presunta Daniela.

Esta lo fulminó con un desprecio ensayado para ahuyentar a todo aquel que no fuera gringo y lo dejó completamente solo.

Raúl se encontró con que a él también ya lo habían pensado.

El caribe

Estoy frente al pacífico, bajo el sangrante atardecer de Máncora que se deshiela sobre las escamas marinas en las que un centenar de barcos pesqueros reposan trémulos.

Traen pericos, rayas, atunes y sardinas pero en el caribe también traerían.

Hay brisa fuerte como en el caribe.

La piel tostada de los lugareños no se estremece como la mía.

Sobre los malecones rígidos danzan las olas al estallido demencial sobre la roca. En el caribe pasa igual.

Aquí en el pacífico la corriente jala fuerte en la orilla pero si cierro los ojos, también en lo hace en Patanemo.

Los vendedores de lentes de sol saben, de un soslayo, si los has advertidos y van a tu encuentro afanosos, convincentes e ineludibles. También los artesanos, como en el caribe.

Suena Chino y Nacho en los barcitos a la orilla y encienden velas débiles en las mesitas esperando a los turistas. La música, si cierras los ojos, te lleva a Chuspa.

Los europeos incesantemente maravillados retozan con los últimos rayos del volcánico pero inofensivo sol, con la cara metida en un libro o haciéndose selfies a contraluz.

En el caribe en una hora te dejaría hinchado como un mango y adolorido como una langosta.

Aquí hay langostas pero en el caribe también.

Lo que pasa es que el caribe sí es mío y las lágrimas que me ocasiona no tenerlo aquí me las guardo en el rabillo del ojo para derramarlas, ya de felicidad, si alguna vez vuelvo a tocar la espuma de su orilla.

El maracucho más triste del mundo

Orlando se apostaba cada noche en la misma esquina donde el dúo Benítez – Valencia hace lustros empezaba a hilvanar la dulce serenata que se quedó atrapada en un eco perpetuo entre las fachadas de la Calle La Ronda en el Quito Histórico.

Aprendió a convivir bajo esa sombra y logró adaptarse a ese frío invasivo tan distinto al insoportable calor de Maracaibo.

Soltaba bandas azucaradas de notas desde su saxofón para tejer la nostálgica melodía de Amparito, con los ojos tan apretados como el pecho.

Finalizó y dijo “gracias” a una morena gruesa y risueña que soltó medio dólar en una lata frente al músico de 41 años.

Él la miró e hilaron un efímero vínculo de complicidad.

“Yo soy de Maracay – dijo ella – ¿y tú?”.

“Maracaibo”, respondió Orlando.

Ella siguió su camino callejón abajo y Orlando, arropado por la amarillenta luz bohemia de La Ronda empezó a sacarle al lustral saxo el agridulce tejido de Caballo Viejo, pero a un ritmo más reposado.

La mente se le fue a la avenida La Limpia y su trajín polvoriento del mediodía y se le regresó intempestivamente al arriendo en mora en la calle Hualcopo y la premura de mudarse a un sitio más barato para seguir estirando el sueño que nadie le prometió más allá de la indeseable Venezuela de este siglo. Pero acto seguido, sin que se interrumpiera el subibaja melancólico del amor fatal que salía de su instrumento, volvió a estrellarse bajo los balcones enrejados de la Ronda.

Un escándalo desafinado empezó a brotar de la puerta frente a él: un grupo de mariachis improvisados empezaban la ronda nocturna en el bar La Casa del Pozo*.

Así se le anunció, a ese músico profesional que renegaba de rematar su talento por una paga oportunista y a fuerza del más puro orgullo zuliano prefería entregar su arte a cambio de la bondad del caminante, que su hora en aquella esquina había terminado por hoy.

Así, el maracucho más triste del mundo se perdió bajo el túnel nebuloso al final de la Calle de la Ronda.

De lado y lado satanizan la violencia, la rechazan y desconocen, aún cuando proviene de su propio seno y, aún más, genera el tipo de presión social que sacude a este país. Somos así como país, respondemos ante lo crítico, a la ebullición instantánea, más que a los procesos de mediano o largo plazo.

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Y de ese mal se encarga la violencia. Cuando el chavismo quiere dar un mensaje e incrementar el nivel de impacto acude, aunque no abierta pero sí implícitamente, a la violencia a través de su neolengua al mejor estilo de 1984 (George Orwell). O a través de los colectivos armados y, en habitual instancia, a la actuación sistemáticamente represiva de las fuerzas de seguridad (GNB, PNB, CONAS, Sebin, etc).

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Entonces a su interlocutor (la oposición a veces, su propia base otras) le queda muy claro el mensaje.

Por otro lado, la misma oposición ve día a día desmoronarse el ímpetu de sus demandas ante las acciones pacíficas que emprende, como el volanteo, los pancartazos y las asambleas de ciudadanos. Pero basta que (planificándolo o no) una manifestación tranque calle o genere disturbios violentos, entonces sí cumple el objetivo: que se escuche su mensaje y genere un impacto masivo.

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Además, ¿No es acaso la violencia el proceder último ante una situación en la que el derecho a la vida, a la salud y a la convivencia se ve absolutamente restringido? ¿No estamos en las circunstancias que ameritan este proceder último? ¿El oficialismo (no el chavismo, que sufre tanto como la oposición) ha dado siquiera, en 17 años, una muestra de responder ante la pasividad o el pacifismo? ¿Estos han traído, en 17 años, resultado alguno?

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Entonces la violencia sí va. Es una válvula de escape. El que tira la piedra está expresando un descontento que no puede expresar en una carta, en una pancarta, en un “sentón”, no será recibido por institución gubernamental alguna ni será tomado en cuenta por líder político alguno, de ningún bando.

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La violencia sí va como parte de un todo, es un elemento más y ni siquiera lo es transversal, ni esencial en todo proceso de conflicto social, pero en el actual sí.

No como un proceder único, pero es parte de la lucha que se está fraguando.

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Entonces de lado y lado se sataniza en lugar de orientarla positiva o efectivamente para disminuir sus daños colaterales o convertirla, incluso, en un acto de no-violencia.

Y este 1 de septiembre, el día de la Toma de Caracas, no iba. No tenía lugar, estaba fuera de contexto y sintonía.

La gente entre sus principales razones (no la primera, la primera es apatía e impasibilidad) para no responder a la convocatoria opositora es el miedo al aparato represor del Estado. Entonces la estrategia de la MUD era la correcta: empezar a generar presión de calle y derrotar ese aparato represor al no darle terreno de provocación. En un eventual punto estratégico, cómo no, cabría la violencia (no como todo, ni como elemento fundamental, pero sí tendría su lugar), pero no hoy.

Hoy la prioridad era recobrar no la calle, sino la confianza y aminorar el temor.

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Y desde la conciencia cívica el manifestante tenía que saberlo al asistir a la Toma de Caracas y en algunos focos no fue así. No era su día.

Escuela Solidaria: la iniciativa de la gobernación de Miranda para atender el hambre infantil en las vacaciones. Sondearon y descubrieron que más de la mitad de los alumnos se van a dormir con hambre. Que el 26% come solo dos veces al día. Agradecimientos de esta terrible situación a la “Revolución bonita del vivir viviendo para la máxima felicidad del pueblo”.

 

Bajo fuertemente cuestionables condiciones impuestas por el Consejo Nacional Electoral (CNE) se llevó a cabo un proceso de validación del 1% de las firmas del padrón electoral (194.729) para dar paso a una segunda etapa que eventualmente habría de llevar al Revocatorio del presidente Nicolás Maduro.

El proceso, entre otras cosas: distribuyó la mayoría de las máquinas de validación en áreas donde menos gente debía ir a validar, debía corresponder 1 máquina por cada 1.000 habitantes; correspondían 1.305 y solo fueron instaladas 300, el CNE impuso como hora de finalización las 4 de la tarde independientemente de si habían o no ciudadanos en las filas.

El proceso duró del 20 al 24 de junio en todo el territorio nacional y se alcanzaron 409.313 rúbricas, más del doble de las exigidas de forma sobrevenida por el CNE.

 

No todo lo que brilla es oro, ni todo lo que es oro vale tanto como para internarse en una mina a batir un colador o reventar una roca para conseguir una pizarra que dentro tiene un mineral que prevalecerá más tiempo que los huesos en proceso de descomposición del que consiguió un kilo, lo registró, celebró, soñó y perdió la vida en una trocha calcinante por haberse sacado la lotería.

Pero en Tumeremo (y en general en el sur del estado Bolívar) la tierra que ofrece una riqueza cercena la vida. Lo saben 28 familias de las cuales solo 17 le ponen nombre a sus muertos. No a sus desaparecidos, porque no exigen una aparición, sino un velorio con cadáver.

Esa es la justicia expectante en un pueblo sin ley.

Pero qué cadáver. Si en las minas que ya se les extrajo el oro se clausuran volviéndolas fosas comunes de los artífices de la lotería que se la jugaron todas por unas “gramas de oro” y estos no se cuentan por decenas, ni miles, ni millones. Simplemente no hay cuenta porque muchos vienen de ser expresidiarios (o presidiarios huidos), otros más son delincuentes de poca monta y los que quedan son desertores de una sociedad podrida en sus tejidos que buscan dignificar la existencia con la esperanza de una mejor vida a través de la riqueza espontánea, y no hay nadie que les lleve la cuenta.

Aunque la Guardia Nacional Bolivariana podría llevar registro de los que ingresan por caminos ilegales a las “bullas” a la par que les cobran la extorsión por dejarles pasar, pero no lo hacen.

Tampoco se lleva la cuenta (¿Cómo?) del oro que se explota en la tierra del estado Bolívar.

Tampoco se lleva la cuenta de las lágrimas de los dolientes de los desaparecidos, las fortunas espontáneas (no fáciles) ni de cuántos perecieron en una masacre presuntamente perpetrada a fuerza de motosierras, mutilaciones y torturas en la tierra que ningún Rangel Gómez (gobernador del estado Bolívar, según unánimes testimonios el máximo artífice de las mafias que controlan la minería en la zona) les había prometido ni advertido.

Esta es la historia, por si no lo habían advertido, que hace de la canción de Rubén Blades, Desapariciones, un cuento de hadas.

Porque hay un profundo y afligido sentir humano puesto entre llamas.

Es un pueblo que, en resumen, pone la muerte de unos cuantos verdaderos inocentes en jaque con una historia que lleva años enquistándose, silenciosa y eminentemente, en el estado cuyo nombre honra el nombre del Libertador de América.

Ninguno es culpable de deshonra ni proceder sospechoso alguno. Pero cuando se investiga, el nombre de los hermanos Ruiz (tres de los desaparecidos, Néstor de Jesús, José Armando y José Ángel) resulta que tiene antecedentes penales, órdenes de captura y pertenecen a una banda rival de la todopoderosa megabanda de crimen organizado que monopoliza la explotación bajo la venia (a juzgar por sus líderes, que ni siquiera figuran en la lista de los más buscados) de la policía científica nacional (Cicpc).

Y así, múltiples testimonios señalan a estos y a otros parte de los “carros” (minibandas constituidas a partir del descubrimiento de zonas [bullas] con potencial de extracción de oro) que buscaron enseñorearse de minas y terminaron siendo exterminadas por la referida megabanda, liderada por El Topo.

Cómo una megabanda criminal opera con total impunidad, ingentes ganancias y sin un solo señalamiento judicial con respecto a la explotación ilegal en uno de los estados más grandes y emblemáticos del país, ensombrecido por múltiples denuncias de desapariciones y masacres no confirmadas.

Porque hay mucho oro y conveniencia de no declarar su extracción masiva para generar riquezas espontáneas que, para sus beneficiados, argumentan las atrocidades que conducen a estas.

Pero un grupo de familias trancaron una carretera internacional en busca de justicia, tranca en la que algunos espontáneos del pueblo cobraron Bs. 10.000 por dejar pasar a algunos (des)favorecidos.

Tranca por la aparición de cadáveres en unas tierras que llegan a los 40 grados de temperatura bajo sombra, en territorios semivirgenes y controlados por un todopoderoso azote que ha operado por casi una década en total impunidad y con una reputación de masacrar a sus rivales a punta de motosierras y luego darle de comer los trozos de carne humana a cerdos y cocodrilos, y con el ultimátum de 72 horas para recibir soluciones.

Pero una tranca disuelta en la madrugada por un contingente de 6 camiones de la Guardia Nacional Bolivariana que “normalizó” la situación en un pueblo que, una vez olvidado, seguirá negociando la botella de agua de 250 ml a Bs. 300 (su precio legal es de Bs. 7), compran el papel moneda a una ganancia del 8% porque sí y, encima, predica abiertamente su falta de ley a la vez que exige justicia.

Bienvenidos a una Venezuela en la que hay mucha fortuna pero no todo lo que brilla es oro.

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José Díaz, ávido por contar su historia, su dulce penuria. Dulce porque no ignora su condición marginal, dulce porque con una luminosa sonrisa cuenta no cómo no consiguió sus medicamentos, sino cómo su familia movió cielo y tierra para conseguírselos. Dulce porque no es que el catre que ocupa en el Hospital Simón Bolívar, en El Algodonal, no es el adecuado para su edad y condición; dulce porque la devota abnegación de las enfermeras le regalan vida al poco tiempo que le queda de esta. Dulce porque no es que su dieta no cumple con los requerimientos mínimos de proteínas para mantenerlo fuerte y sacarlo de su evidente desnutrición; dulce porque encaleta frutas en su mesa de noche y no duda en ofrecérselas a dos periodistas que se metieron en los tejidos lúgubres de la filicida ciudad de Caracas a ver si en efecto hay o no una crisis humanitaria en el país.
Pronto llegará el reportaje sobre los hospitales en Venezuela y no será José, ni Ricardo Molina, ni José Manuel Olivares, ni Eugenia Sader ni Nicolás Maduro o Leopoldo López quienes determinarán si tal crisis existe o solo son “dificultades” de la Revolución.

Pudiera hacer como el fénix. Pero tendría el petróleo

que volver a alcanzar los 100$ / BDP.

Incauto el que piense que la “revolución” se ha mantenido 16 años en el poder a punta de ganarle el pulso a la suerte. Aún hoy, como sangrando entre los breves hilos de gente que pisa la avenida Bolívar, retumba el pálpito de un país con el pecho desbocado por un épico Hugo Chávez.

Pero el remanente del “legado infinito” es groseramente melancólico. Ojos desorbitados en una larga avenida que les queda demasiado grande. El alcohol fanatiza a la muchedumbre hambrienta, polvorienta y cansada de bregar con una extrema politización de su cotidianidad.

Las palabras del heredero, presidente Nicolás Maduro, apenas logran sostenerse, endebles, en la brisa fría decembrina; no encuentran asidero en la audiencia.

Es el desenlace de una penosa (y más penoso aún, inadvertida por la opinión pública en la magnitud que ha debido ser) campaña electoral que seguramente rompió el récord en violación a las leyes electorales. La guinda de la torta: tres niños entregan panfletos de propaganda mientras la que se supone podría ser su madre se recarga un trago de ron en el culo de una botella de plástico que improvisó para tal fin.

Otro fue el tiempo en el que un Chávez regañó (y se regañó) por los tropiezos y reveses del socialismo que cegó al país, en su último mitin político, a meses de su muerte, en esta misma avenida.

El país se regodea en el muladar de su insostenibilidad, azotado por una crisis alimentaria, pública, política, económica y de seguridad que se fue gestando a medida en que Chávez, con su inmarcesible y seductora retórica, se le enraizaba al venezolano de verdad, el de a pie, el común denominador, tan adentro como podía concebirse.

Mientras tanto, el chavista encontró sin percatarse el consuelo de su desgracia: el recordar el tiempo pasado como mejor.

Tiene un dilema moral, que pone a prueba su altísimo código de lealtad hacia el “Comandante Eterno” (hoy convertido en una figurilla seudoreligiosa que día a día pierde su influencia) apostarle a un cambio o a la profundización de la política que lo trajo hasta el hoy y el aquí; una soledad profunda rodeada de miles que, como él mismo, no sabe a dónde mirar para encontrar a su líder eterno y efímero.

Avenida Bolívar, 3 de diciembre de 2015.

 

El 10 de septiembre, alrededor de las 10 a.m., simpatizantes de Leopoldo López y militantes de Voluntad Popular (VP) se congregaron en la plaza Alí Primera, frente al Palacio de Justicia, en apoyo a su líder. Simultáneamente, un grupo de oficialistas rodeó la plaza y con un camión empezaron a lanzar consignas pro gobierno y en repudio a la posible liberación de López.

Cuando llegó la esposa de López, Lilian Tintori, e intentó atravesar la plaza para acceder al Palacio de Justicia, un grupo de violentos arremetió contra la congregación opositora. El resultado fue un muerto: el dirigente popular de Propatria, Horacio Blanco (66) y más de 60 heridos.

Tintori pudo llegar al Palacio de Justicia. La Policía Nacional Bolivariana en conjunto con la Guardia Nacional Bolivariana intentaron someter a los violentos. Sin embargo de la flagrancia de las agresiones, no se produjeron detenciones.

Los militantes de VP se reunieron en la Plaza Bolívar de Chacao a la espera de la sentencia. Allí se mantuvieron en vigilia hasta medianoche.

En paralelo, la candidata a la Asamblea Nacional por el Psuv, Jacqueline Faría, convocó al Comité de Víctimas de la Guarimba a congregarse en la plaza Diego Ibarra, en las inmediaciones del Palacio. Ahí se desenvolvió un homenaje a las víctimas de los hechos violentos de 2014. La convocatoria fue mínima.

Alrededor de la medianoche, la prensa se encontraba a los predios del Palacio de Justicia, frente a un férreo piquete de la GNB, a la espera de la sentencia y de Tintori.

A través de las redes sociales se conoció la condena de López: 13 años y 9 meses. Tintori ofreció una rueda de prensa en la plaza Bolívar de Chacao en la que trasmitió, entre otras expresiones, la sentencia que arrojó López la juez Susana Barreiros y al presidente Nicolás Maduro: “Ustedes no me van a quitar las esposas, lo hará el pueblo de Venezuela”.

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Especial para NTN24 Venezuela